QUERIDO EVAN HANSEN: EL DOLOR DE SENTIRTE INVISIBLE Y LAS GANAS DE QUE ALGUIEN TE VEA
Hay espectáculos que disfrutas mientras duran y otros que, cuando se apagan las luces, se vienen contigo a casa. Querido Evan Hansen, en el Teatro Rialto de Madrid, es de los segundos. De esos que te aprietan el corazón, te dejan pensando y consiguen que, por un instante, mires a tu alrededor de otra manera.
Porque detrás de sus canciones hay una verdad que duele: puedes estar rodeado de gente y sentirte completamente solo. Puedes sonreír, decir que todo va bien y estar deseando, en el fondo, que alguien se dé cuenta de que no es así.
Evan Hansen solo quiere encajar. Quiere tener amigos, sentirse importante para alguien y dejar de ser ese chico al que parece que nadie ve. Y, en su desesperado intento por encontrar su sitio, acaba atrapado en una mentira que se le va de las manos.

No voy a justificar sus decisiones, pero sí hay algo que esta historia te obliga a mirar de frente: ¿cuántas veces intentamos ser quienes creemos que los demás quieren que seamos para sentir que merecemos su cariño?
Vivimos tan pendientes de encajar, de mostrar nuestra mejor versión y de aparentar que podemos con todo, que a veces olvidamos algo esencial: no tendríamos que demostrar que valemos para merecer que alguien nos quiera.
Guillermo Martín: cuando dejas de ver al personaje y empiezas a sentirlo
Y aquí aparece Guillermo Martín, que construye un Evan Hansen que traspasa el escenario. Su interpretación tiene una sensibilidad enorme. Hay fragilidad, miedo, ansiedad, necesidad de afecto y una lucha constante por encontrar un lugar al que pertenecer. Su voz emociona, pero es su manera de habitar al personaje, de hacerte sentir cada contradicción, lo que termina de conquistarte.
No necesitas haber vivido exactamente lo mismo que Evan para reconocer algo de ti en él. Y eso es lo difícil, lo bonito y lo doloroso de su interpretación: que consigue acercarte a alguien que, en realidad, está pidiendo a gritos que lo vean.

A su lado, Iván Clemente, como Connor Murphy, da vida a un personaje marcado por la incomprensión y el dolor. Arnau Camps, como Jared, aporta ese contrapunto irónico que aligera la tensión; Elvira Santa María, como Zoe, transmite la vulnerabilidad de quien también intenta comprender lo que siente; y Jessica Garcés, como Alana, representa esa necesidad de encontrar nuestro sitio y sentir que formamos parte de algo.
Verónica Ronda, como Heidi Hansen, nos regala uno de los momentos que más me tocaron: «Tan grande, tan pequeño». Hay algo especialmente conmovedor en escuchar a una madre hablar de su hijo, de cuánto desea protegerlo y de cómo, por mucho que lo intente, no siempre puede evitar que la vida le duela.
Es un momento íntimo, de esos en los que la emoción no necesita grandes artificios. Solo una voz, una historia y todo ese amor que a veces no sabemos expresar hasta que las palabras llegan demasiado tarde.

Lorena Calero y Armando Pita, como Cynthia y Larry Murphy, completan el retrato de una familia atravesada por la pérdida, el desconcierto y las emociones que no siempre sabemos gestionar. Porque esta historia no habla únicamente de Evan: habla también de quienes sufren, de quienes intentan seguir adelante y de quienes no encuentran las palabras para acercarse a los demás.
«Te encontrarán»: ese abrazo que todos necesitamos alguna vez
Y entonces llega «Te encontrarán». Y entiendes por qué esta canción es mucho más que un gran número musical.
Es un mensaje de esperanza, sí, pero también una llamada de atención. A veces, alguien necesita que le recuerden que no está solo. Que su dolor importa. Que hay un lugar para él, incluso cuando ahora mismo no consigue verlo.
La canción crece, las voces se unen y la emoción se extiende por el teatro. Es de esos momentos en los que cuesta no dejarse llevar, porque, aunque estés viendo la historia de Evan, es imposible no pensar en todas esas personas que alguna vez han sentido que no encajaban.
Y también en quienes tenemos cerca y quizá están librando una batalla que desconocemos.

Qué importante sería aprender a mirar un poco más allá de las sonrisas. A escuchar sin juzgar. A preguntar cómo está alguien y quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta de verdad.
Una puesta en escena que habla de nosotros
Visualmente, el montaje acompaña la historia con una escenografía dinámica, creada por David Pizarro, que cambia y se transforma al ritmo de lo que sucede. Las pantallas y el diseño de vídeo de Emilio Valenzuela y Joan Rodón incorporan mensajes y elementos digitales que reflejan una sociedad permanentemente conectada, en la que todo puede hacerse público en cuestión de segundos y, sin embargo, sigue costando tanto hablar de lo que sentimos.
La iluminación de Carlos Torrijos termina de construir esa atmósfera cambiante, mientras que la dirección de David Serrano y la dirección musical de Joan Miquel Pérez sostienen un montaje en el que las canciones de Benj Pasek y Justin Paul son parte fundamental del relato. Aquí la música no está para adornar la historia: está para decir aquello que los personajes no saben cómo expresar.

Y qué decir del conjunto vocal. Las voces, la intensidad de los números y la manera en que las emociones van creciendo hacen que la función tenga una fuerza especial sin perder su lado más humano.
Al salir del Rialto, te llevas algo más que un musical
Querido Evan Hansen me recuerda que no siempre sabemos qué está pasando por la cabeza de la persona que tenemos delante. Que detrás de una mala contestación puede haber dolor, detrás de una sonrisa puede esconderse miedo y detrás de alguien que parece tenerlo todo puede haber una soledad inmensa.
No se trata de justificar las mentiras de Evan ni de pensar que el cariño lo soluciona todo. Se trata de entender que necesitamos sentirnos vistos, escuchados y queridos. Y de recordar que nuestras acciones y nuestras palabras pueden dejar una huella mucho más profunda de lo que imaginamos.
Me quedo con Guillermo Martín, con la emoción de Verónica Ronda, con la fuerza de «Te encontrarán» y con esa sensación de haber asistido a una historia que habla de todos nosotros, aunque cada uno la sienta de una manera diferente.

Porque quizá no podamos salvar a todo el mundo. Quizá no siempre sepamos qué decir. Pero sí podemos estar, escuchar y hacerle saber a alguien que no tiene que fingir para merecer nuestro cariño.
Y me voy con una pregunta que ojalá nos hiciéramos más a menudo: ¿cuántas personas a nuestro alrededor están intentando encajar, mientras sonríen para que nadie descubra que se sienten solas?
A veces, Laura solo necesita recordar algo tan sencillo —y tan difícil— como esto: no tienes que ser otra persona para merecer que te quieran.
Y ojalá nadie tenga que sentirse invisible para descubrirlo.
